Marzo, los meses de vacaciones terminan y los días donde era posible jugar libremente, mirar la tele hasta tarde, andar en bici o simplemente hacer nada. Estos son reemplazados por largas rutinas, días repletos de actividades y obligaciones que los niños deben cumplir y los adultos debemos hacer cumplir.
Ir al colegio, a la clase de gimnasia, el turno con el pediatra, la clase de inglés…. los días se sobrecargan con miles de actividades y nos vemos expuestos a presiones que generan una importante cuota de “estrés”, ¡palabra tan de moda!
¿Cuántas de las actividades que proponemos o imponemos a nuestros hijos son verdaderamente necesarias para un normal desarrollo y crecimiento?, ¿qué es lo que se les exige?
No solo se le exige al niño realizar estas actividades, sino que además debe demostrar interés al hacerlas, como si fuese algo por él elegido, algo que si o si debiera interesarle.
En el caso de la escuela, particularmente, tendemos a considerar a ésta como el contexto natural del desarrollo del niño, pero perdemos de vista que el proyecto escolar es un proyecto social atribuido a los niños pero impuesto sobre ellos por la cultura adulta. No consideramos el carácter descontextualizado que el contenido que se pretende transmitir implica para el niño.
La escolarización parece una manera, entre otras posibles, de dar tratamiento a la niñez, una manera en ocasiones “violenta” si se considera que implica obligaciones de asistencia, permanencia, trabajo, logros, para evitar sanciones, en especial la del fracaso.
Si bien esta visión puede parecer excesivamente dura con respecto a una práctica que se considera no solo deseable sino un derecho adquirido, debe tratarse que nuestro compromiso con los derechos del niño, no se desvirtúe y nos lleve a interferir desde nuestras propias necesidades y proyectos incumplidos sobre la vida de ellos, sobre sus márgenes de acción y sobre la manera en que forjamos su identidad.
Los procesos de escolarización masiva se orientan a producir un efecto formativo sobre una niñez que es vista como relativamente dócil. Las prácticas escolares inciden no solo en los procesos de construcción de conocimientos, sino también en la constitución de una realidad colectiva, en la definición de roles y dentro de un espacio específico determina límites temporales. Por lo cual en el momento de definir la escuela, (como así también cualquier actividad educativa) a la cual asistirá nuestro hijo, tendremos que evaluar no solo la cercanía, comodidad, el nivel curricular con el que cuenta, sino también habrá que tener presente el sistema de valores que deseamos que los niños incorporen y sobre todo, los intereses, habilidades, motivaciones que movilizan al niño. Ya que considerar esto desde un comienzo será el mejor modo de prevenir un futuro fracaso escolar.
No es legítimo seguir interpretando todo rendimiento insatisfactorio en la escuela como “problema de aprendizaje”, porque se ha comprobado que la inhabilidad específica para aprender existe solo en pequeños porcentajes de niños y con mucha frecuencia aparece asociada a causas neurológicas.
El éxito o el fracaso en los aprendizajes de los niños dependen del entrecruzamiento de múltiples factores como ser, el contexto social y ambiental, características individuales, condiciones didácticas, curriculares e institucionales. Para el logro de una “buena” educación es necesario que exista coherencia entre los intereses del niño,la familia, la sociedad, y la escuela.
Sin embargo, la mayoría de las veces, las prácticas escolares implican un quiebre en la cotidianeidad de los sujetos, un quiebre con las prácticas y procesos de crianza. De hecho la escolarización en sí, implica la sujeción a un régimen de trabajo específico que pretende una ruptura clara con las formas de cognición, habla, comportamientos, etc. sostenidos y conocidos hasta el momento de ingresar a la escuela. Es decir, hasta el momento de su entrada en la escuela, el niño ha aprendido muchas cosas, pero las herramientas que utilizaba hasta ahora ya no son suficientes (el interés, la curiosidad, su propio cuerpo).
Considerando la cotidianeidad del niño, la escuela le plantea la necesidad de emplear un pensamiento desvinculado, ajeno a los intereses, los significados y sus intenciones. Le plantea algo así como “aprender por aprender”. A pesar de algunas corrientes modernas que intentan romper con el sistema tradicional, focalizando más en el alumno como protagonista de su proceso de aprendizaje, el sistema educativo se ha institucionalizado con estas características.
Ante esto, una buena forma de intervenir, favorable y saludablemente, en el desarrollo y crecimiento de nuestros hijos es partiendo de las necesidades, motivaciones e intereses que ellos poseen. Pequeñas decisiones cotidianas pueden ayudar a que los más chicos se vean liberados de presiones innecesarias, que los grandes suelen generar por falta de conocimiento o de atención acerca de lo que sus hijos quieren o necesitan.
Prácticamente en todas las actividades que los niños realizan se les exige algo: el colegio, el deporte, las actividades extra-programáticas, todas generan cierta presión. Es importante no sobrecargarlos de cosas innecesarias. Es muy común llenarles las horas del día para que aprovechen bien su tiempo, sin contemplar sus gustos necesidades y límites, y la importancia de tener espacios de ocio que permitan la reflexión y la búsqueda por si mismos de aquello que les interesa y entusiasma.
Desde nuestro lugar de adultos favoreceremos su sano desarrollo aceptándolo tal cual es y ayudándolo a acrecentar sus potencialidades y aligerar sus puntos débiles.
Lic. Eliana Noble