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Siempre lo mismo?

Viernes, Julio 29th, 2005

En el transcurso de nuestra vida vamos experimentando diferentes relaciones. Por disposición de la naturaleza, el hombre nace en estado prematuro y esa condición obliga a que su supervivencia esté vinculada a la presencia de un otro (generalmente la madre o la persona que tome a su cargo la función de cuidar y sostener a ese bebé). El ser humano crece y se desarrolla relacionándose.

Algunas relaciones, como en el caso de las relaciones de pareja o las de amistad, las escogemos. Pero otras, como la relación con los padres y los hermanos nos vienen impuestas. En algunas somos más o menos tolerantes; en algunas podemos ser mas o menos exigentes; en algunas escuchamos más y en otras menos.

Sin embargo todas, en las situaciones que nos llevan a enfrentar, nos ofrecen una oportunidad para conocernos. Conocer nuestros temores, nuestras fortalezas y tomar conciencia de nuestras limitaciones.

Una relación se define como resultado de la intersección de dos personas, de esta manera cada uno deposita en ese espacio común sus deseos, ideales, aspiraciones, expectativas, temores, ansiedades, etc.

Con frecuencia en las relaciones que establecemos tienden a repetirse algunos aspectos. Si uno se detiene a pensar puede observar que se repiten actitudes, modalidades de vínculo, errores, etc. Entonces surge una pregunta ¿otra vez lo mismo?, convirtiéndose en un momento oportuno para reflexionar acerca del proceder de uno mismo. Sin embargo ante esta pregunta difícilmente nos cuestionamos a nosotros mismo, sino que depositamos el problema y la responsabilidad en el otro, librándonos de toda culpa y perdiendo de vista que en toda relación hay dos implicados. Resulta más fácil (y aceptable) poner el problema afuera, en lugar de trabajar sobre la parte que nos toca en el problema. Nos deshacemos de las relaciones, en lugar del problema, sin preguntarnos si el problema reside en nuestra pareja, en la relación o en nosotros.

Muchas veces, terminar una relación resulta más sencillo que enfrentar determinadas cuestiones. Y esta decisión se convierte en un recurso que a modo defensa nos sirve para protegernos de algo que no sabemos muy bien que es, pero que justamente por ser desconocido nos obliga a cuidarnos de nos salir lastimados. Mantener cierta distancia, estar alerta, saber hasta donde avanzar y cuando retroceder forman parte de una estrategia de defensa. Tal actitud, al tiempo que nos protege nos limita, nos lleva a encerrarnos cada vez más y a perder la posibilidad de descubrir y descubrirnos.

Es necesario tener presente que solo podemos producir cambios, modificar pensamientos, generar nuevas costumbres y reencaminar actitudes sobre nosotros mismos. Éste es el único terreno sobre el que tenemos el poder, la oportunidad y la responsabilidad de generar modificaciones.

Lograr una relación madura implica atravesar esos límites, mostrarnos tal cual somos, con los puntos fuertes de nuestra personalidad y nuestras debilidades, permitiendo que el otro haga lo mismo, esto posibilita construir un espacio de intimidad y confianza compartida que se podrá mantener siempre y cuando ambos respeten la libertad y la independencia mutua.

Es cierto que adoptar esta actitud nos pone en una posición más vulnerable, frágil; y esto muchas veces nos genera miedo por quedarexpuestos, y bajo la incertidumbre acerca de la reacción del otro, con la sensación de estar desnudos, desnudos en nuestros sentimientos. Sin embargo (como escuchamos decir cotidianamente) hay momentos en la vida en que es necesario enfrentar ciertos riesgos. Las relaciones nos exponen todo el tiempo a momentos como ese, y de nosotros depende que no se estanquen en un nivel superficial, las apariencias y las insatisfacciones.

Es en este sentido que insistimos en que el conocimiento que desarrollemos acerca de nosotros mismos (conocer nuestras fortalezas, nuestras debilidades, saber hacia donde nos dirigimos, que esperamos), es la mejor herramienta con que contamos para afrontar una relación. Solo así, sabiendo aquello que tenemos para ofrecer, podemos invitar al otro a compartirlo.

Golpes que dejan marcas

Miércoles, Junio 29th, 2005

Una problemática social que nos afecta de manera indistinta a todos y cada uno de los estratos sociales. Esta bien podría ser una primera definición. Y si hablamos de problemática social, necesariamente debemos referirnos a la familia, núcleo de concepción, socialización, crianza y educación primero (y primario) del ser humano. La familia es la institución donde se forja la personalidad del sujeto, y donde éste está expuesto tanto a buenos como a malos modelos según las características, relaciones y vínculos más o menos adecuados de los miembros que constituyen esa estructura.

Casualmente es el mismo ámbito en donde las manifestaciones de violencia, hoy en día, son más frecuentes. Son diversos los casos que se escuchan día a día como ejemplos de violencia familiar. Y según el caso escuchamos frases como “lo habrá provocado”, “algo habrá hecho”, “hace lo que ella quiere” culpabilizando a la víctima de los golpes de su marido. O se la hace cómplice de la situación “le gusta que le peguen”, “es masoquista”, “se queda porque le conviene”. Y por supuesto no faltan las frases que refieren la violencia como natural: “un golpe que te hace”, “todos los hombres son así”, “casarse no es un lecho de rosas”. Así como aquellos comentarios que reflejan la imposibilidad de alejarse de la situación: “no hay que deshacer la familia”, “lo chicos necesitan un padre”.

El problema de la violencia familiar no es algo reciente, pero recientemente ha cobrado una dimensión inesperada. En la radio, la televisión, el diario, en la calle, en la escuela, en el trabajo, uno no deja de escuchar, ver, comentar e incluso vivir hechos de violencia. Secuestros, robos, violaciones, homicidios, golpizas, amenazas, peleas e insultos entre desconocidos, conocidos, compañeros de clase, parientes o familiares.

Son muchas las formas en que la violencia y el maltrato se hacen presentes.

Los factores que confluyen para propiciar la violencia y el maltrato dentro del ámbito familiar son múltiples y van desde la gran hostilidad que se vive en las grandes ciudades, los problemas económicos, la competencia entre hombres y mujeres, y modelos familiares patológicos, hasta la exigencia por parte de los adultos hacia los niños de que éstos sean proveedores de gratificaciones que ellos no logran en otros aspectos de su vida.

El punto más traumático para quien atraviesa por este tipo de experiencias es no poder hablar sobre ellas, no ponerle palabras a lo sucedido. En los niños la exposición a la violencia a la que hoy se enfrenta un gran porcentaje de ellos y la imposibilidad de referir esos acontecimientos (ya sea por la presión y manipulación del adulto que la ejerce, o porque alguna vez contaron y esa denuncia no fue escuchada, nadie hizo nada), inscribe limitaciones en la simbolización y elaboración de tales marcas. Marcas que no se entienden, porque quien debería proteger es quien lastima.

Muchas personas cargan con ello toda su vida sin poder revelarla, lo que deja huellas, marcas que atraviesan y condicionan el comportamiento de la persona, dificultan la comunicación, las relaciones y vínculos con los otros. Esas marcas no dejan de insistir de diferentes maneras (repitiendo situaciones) en busca de elaboración.

Es en este sentido que se considera necesario contar con la contención de los más cercanos, encontrar (y ofrecer) el espacio para poder hablar y ser escuchado, respetar los tiempos de la víctima y buscar ayuda profesional para abordar experiencias que se inscriben en el cuerpo.