En el transcurso de nuestra vida vamos experimentando diferentes relaciones. Por disposición de la naturaleza, el hombre nace en estado prematuro y esa condición obliga a que su supervivencia esté vinculada a la presencia de un otro (generalmente la madre o la persona que tome a su cargo la función de cuidar y sostener a ese bebé). El ser humano crece y se desarrolla relacionándose.
Algunas relaciones, como en el caso de las relaciones de pareja o las de amistad, las escogemos. Pero otras, como la relación con los padres y los hermanos nos vienen impuestas. En algunas somos más o menos tolerantes; en algunas podemos ser mas o menos exigentes; en algunas escuchamos más y en otras menos.
Sin embargo todas, en las situaciones que nos llevan a enfrentar, nos ofrecen una oportunidad para conocernos. Conocer nuestros temores, nuestras fortalezas y tomar conciencia de nuestras limitaciones.
Una relación se define como resultado de la intersección de dos personas, de esta manera cada uno deposita en ese espacio común sus deseos, ideales, aspiraciones, expectativas, temores, ansiedades, etc.
Con frecuencia en las relaciones que establecemos tienden a repetirse algunos aspectos. Si uno se detiene a pensar puede observar que se repiten actitudes, modalidades de vínculo, errores, etc. Entonces surge una pregunta ¿otra vez lo mismo?, convirtiéndose en un momento oportuno para reflexionar acerca del proceder de uno mismo. Sin embargo ante esta pregunta difícilmente nos cuestionamos a nosotros mismo, sino que depositamos el problema y la responsabilidad en el otro, librándonos de toda culpa y perdiendo de vista que en toda relación hay dos implicados. Resulta más fácil (y aceptable) poner el problema afuera, en lugar de trabajar sobre la parte que nos toca en el problema. Nos deshacemos de las relaciones, en lugar del problema, sin preguntarnos si el problema reside en nuestra pareja, en la relación o en nosotros.
Muchas veces, terminar una relación resulta más sencillo que enfrentar determinadas cuestiones. Y esta decisión se convierte en un recurso que a modo defensa nos sirve para protegernos de algo que no sabemos muy bien que es, pero que justamente por ser desconocido nos obliga a cuidarnos de nos salir lastimados. Mantener cierta distancia, estar alerta, saber hasta donde avanzar y cuando retroceder forman parte de una estrategia de defensa. Tal actitud, al tiempo que nos protege nos limita, nos lleva a encerrarnos cada vez más y a perder la posibilidad de descubrir y descubrirnos.
Es necesario tener presente que solo podemos producir cambios, modificar pensamientos, generar nuevas costumbres y reencaminar actitudes sobre nosotros mismos. Éste es el único terreno sobre el que tenemos el poder, la oportunidad y la responsabilidad de generar modificaciones.
Lograr una relación madura implica atravesar esos límites, mostrarnos tal cual somos, con los puntos fuertes de nuestra personalidad y nuestras debilidades, permitiendo que el otro haga lo mismo, esto posibilita construir un espacio de intimidad y confianza compartida que se podrá mantener siempre y cuando ambos respeten la libertad y la independencia mutua.
Es cierto que adoptar esta actitud nos pone en una posición más vulnerable, frágil; y esto muchas veces nos genera miedo por quedarexpuestos, y bajo la incertidumbre acerca de la reacción del otro, con la sensación de estar desnudos, desnudos en nuestros sentimientos. Sin embargo (como escuchamos decir cotidianamente) hay momentos en la vida en que es necesario enfrentar ciertos riesgos. Las relaciones nos exponen todo el tiempo a momentos como ese, y de nosotros depende que no se estanquen en un nivel superficial, las apariencias y las insatisfacciones.
Es en este sentido que insistimos en que el conocimiento que desarrollemos acerca de nosotros mismos (conocer nuestras fortalezas, nuestras debilidades, saber hacia donde nos dirigimos, que esperamos), es la mejor herramienta con que contamos para afrontar una relación. Solo así, sabiendo aquello que tenemos para ofrecer, podemos invitar al otro a compartirlo.